28 junio 2022

EL COMEDOR

Por Pili Sánchez Banacloy

Me miro los pies mientras camino, veo cada paso que doy y escucho el crujir de la hierba y las hojas secas al pisar. Percibo el olor de los pinos y de los matorrales. Paseo por la hierba de los Jardines del Turia, el cauce del viejo río que atraviesa toda la ciudad, Valencia, hoy convertido en un gran jardín. Levanto la cabeza e inspiro hondo, y por unos segundos me siento viva y llena, hasta que vuelvo a mi estado de tristeza. Intento dirigir mi mente al presente, pero me alejo. Entonces me centro en los recuerdos, buscando algo que me haga sentir bien y en calma.

Recuerdo el largo pasillo de mi casa montada en mi triciclo. Tenía tres anchas ruedas, era amarillo y me encantaba. Me sentía feliz dándole a los pedales y recorriendo casi toda la casa, del pasillo hasta el amplio recibidor, por lo que daba un gran rodeo y volvía de nuevo al pasillo. De allí me encaminaba a toda velocidad hasta llegar a la puerta encristalada del comedor, situada al fondo, que casi siempre estaba abierta. Después me adentraba en esa parte de la casa que casi nunca se usaba, sólo cuando había una celebración especial. El que más lo usó fue mi hermano mayor, cuando ponía música en el tocadiscos que había al lado de un gran aparador. Éste era de madera, recuerdo cómo brillaba y su suavidad al tacto. Casi todos los muebles de casa tenían ese brillo y suavidad peculiar que mi abuela les había dado con sus propias manos, pues mi yaya había sido pulimentadora de muebles toda su vida, una labor artesanal que hoy en día no sé si está en desuso. Tenía cuatro patas, así que había un buen hueco entre el mueble y el suelo para poder esconderme y que mi hermano no me viese cuando lo observaba bailar frente al espejo con sus zuecos de madera y sus pantalones acampanados. Aquel mueble gigantesco tenía tres armarios en la parte de abajo, con cuatro puertas, las dos centrales eran del armario de en medio. Cada puerta tenía un tirador colgante, dorado, y aunque tengo un vago recuerdo de sus detalles parecía como un péndulo. El espejo formaba parte de este aparador, enmarcado de la misma madera, que hacía ondas florales por los vértices. Todo él se veía enorme. Encima había un tapete de punto de gancho de los que hacía mi madre, estrecho y largo, puesto de un extremo a otro del mueble, y sobre éste, tres candelabros, uno en el centro y los otros dos a los lados perfectamente alineados. Y entre los dos de la derecha, había un teléfono, de color gris, de aquellos que tenían una rueda giratoria llena de agujeros redondos. Me encantaba meter el dedo y girar la rueda, una y otra vez.

En la pared de enfrente, había otro gran mueble —una gran vitrina con estantes y puertas de cristal cuyo fondo era un espejo— del mismo estilo, la misma madera, los mismos tiradores y que ocupaba toda la pared. Estaba lleno de diversos tipos de vasos y copas entre figuritas y platos decorativos. En la parte de abajo había tres armarios con cuatro puertas, dispuestos de la misma manera que el anterior, donde mi madre guardaba la vajilla de las ocasiones especiales. En el centro había una mesa larga, con su tapete de punto de gancho —hecho también por mi madre—, y en el centro había un jarrón en tonos azulados, no recuerdo si éste tenía flores o no. Al fondo había una gran puerta encristalada con los marcos de madera, que daba paso a un balcón. A la izquierda de ésta, en el rincón, el sillón orejero, justo al lado del aparador, tapizado en diversos tonos azulones, con las patas y los brazos de madera. Los reposabrazos también estaban tapizados. Ahí era donde mi padre se sentaba los sábados y los domingos a leer el periódico, en soledad. Yo hacía una entrada triunfal con mi triciclo, le daba varias vueltas a la mesa, para volver a encaminarme de nuevo hacia el pasillo. Otras veces entraba con mi cuento en la mano, sabiendo que mi padre estaba ahí, leyendo el periódico, o algún libro, y me subía encima de él para que me lo leyera o para que lo leyésemos juntos, pues fue mi padre quien me enseñó a leer y a escribir, ya que por circunstancias, mi escolarización fue tardía. Así que cuando yo fui al cole por primera vez, ya sabía leer, escribir y dibujar. Esa parte me la enseñó mi padre, y otras cosas las aprendí en el hospital, al que iba cada día bien temprano, prácticamente desde que nací.

Adoraba mi triciclo amarillo, pero crecí hasta que ya no cupe en él, y se lo llevaron. Lloré buscándolo, y mi otro hermano me dijo que lo habían dejado en el descampado que había a final de la calle, para otra niña. Así que cada vez que pasábamos por dicho descampado, miraba hacia todas partes para ver si lo veía, pero nunca lo volví a ver. Más tarde me compraron una bicicleta BH de color azul, con cuatro ruedas, dos grandes y dos pequeñas atrás. Nunca fue lo mismo. A veces mi padre me bajaba al río para que correteara con ella, pero pronto me cansé y le perdí el interés, abandonándola. No recuerdo que fue de aquella bicicleta. Ese triciclo marcó un periodo de mi vida en el que fui absolutamente feliz. A pesar de la corta edad que tenía entonces, me sorprendo de la cantidad de recuerdos de aquella época que se me han marcado, como mi triciclo amarillo y todo lo sucedido en aquel entonces. Quizás por eso sea hoy el amarillo mi color favorito, y que casi todo lo que me rodea hoy en día es de ese color.

Fui al colegio, llegué a la universidad y me hice mayor. Mis padres me hicieron estudiar hasta el final. La universidad fue otra época de mi vida en la que volví a ser feliz, en la que no me paraba nadie, era invencible y eternamente joven. Llegaron las fiestas y ya me desmelené. Todo era arte, expresión, y lo demás me importaba un bledo. Hoy recuerdo esa época de mi vida con nostalgia. Fue muy loca, pero si la pudiese volver a vivir no cambiaría nada. Hace años decía que, aquellos años universitarios fueron como una transición en mi vida y que hoy soy lo que soy a partir de ahí. No, eso no es cierto, sí que hubo una transición en mi vida en aquellos años, pero hoy digo que soy lo que soy gracias a mis padres, a los tiempos del triciclo, en ese comedor donde mi padre me leía cuentos sin parar. Él conseguía que mi imaginación volase con cada libro que me leía.

Me hizo creer que yo era superior y por eso tenía que estudiar, para ser alguien en la vida y vivirla plenamente. Inculcó en mí unos valores muy sólidos. Estudié y tuve la suerte de trabajar de lo que había estudiado y me gustaba. Y con mis primeras nóminas me fui de casa, me enamoré, me desenamoré, tengo unas cuantas tiritas permanentes en el corazón, y creo que las llevaré de por vida. He conocido el sufrimiento, pero también el amor, he reído, he llorado, y he tenido lo que he querido gracias a mis padres. Tampoco quiero quitarle mérito a mi madre, pues ella, a parte de su función de madre, y también de hacer de “la mala” y darme en el culo cuando me portaba mal, y eso era muy a menudo, ha sido quien me ha llevado y me ha traído, de casa al hospital y del hospital a casa cada día, y luego al cole. Me esperaba en la sala de espera mientras estaba en rehabilitación. Ella es por cierto quien hizo todos los tapetes de punto de gancho que había en casa, y también las colchas de las camas.

Hoy vivo sola en la casa donde pasé mi infancia, y aunque tiene la misma distribución, hoy no tiene nada que ver con aquella que permanece en mi memoria, en aquel comedor en el que no se hacía vida y que mi madre lo mantenía impecable para las ocasiones especiales. Hoy es mi salón de estar, donde hago vida con mis gatos. Los muebles son bajitos y blancos, mi sofá está situado donde hace más de cuarenta años se encontraba aquella gran vitrina. Ahora, en medio, hay una mesita central, con mi portátil, donde escribo y donde suelo tener una copa de vino. Pues de mi padre me viene el amor por los libros y por los buenos vinos. Recuerdo a mi padre descorchar una botella y poniéndome un poquito en un vaso, y a mi madre riñéndole.

—¡José, no le pongas vino a la chiquilla!

—Es solo un poquito. No le va a hacer ningún daño— mientas se sonreía.

Enfrente, donde se situaba el gran aparador, hay un mueble largo y bajito, con cajones, y encima, un supertelevisor. Y a la izquierda, un mueble auxiliar con un pequeño equipo de música, nada que ver con aquella gran caja de madera con una tapa de plástico que contenía un tocadiscos y una pletina. Pues no hace falta decir que, cuando nadie me veía, lo observé, lo toqué y lo estudié con todos aquellos botones giratorios, no hubo ninguna clavija de aquel trasto que no pasara por mis manos. Siempre tuve predilección por esta parte de la casa. El comedor.

Mis padres, unos padres ejemplares, que lucharon y pelearon para darme una vida y un futuro. Hoy resbalan las lágrimas por mis mejillas al escribir estas líneas, al recordar especialmente a mi padre. Hoy apenas me recuerda, a veces sí y a veces no. Y lloro por la injusticia porque me viene al pensamiento que él no se merece acabar así, y cada vez que lo veo se me parte el alma, y lloro en silencio cuando regreso a casa. Pero enseguida me enjugo las lágrimas, porque lo recuerdo diciéndome una y otra vez que hay que aceptar la vida como viene, con lo bueno y con lo malo. Y seguir viviendo. Así que ¡no importa! Yo siempre sabré quién es mi padre.

Paseando por los jardines del antiguo río Turia, recuerdo —y de esto no hace muchos años— cuando veníamos aquí a caminar mi padre y yo. Cuando nos cansábamos, nos sentábamos en el primer barecillo que encontrábamos a tomarnos un par de cervezas. Y me decía:

—Ayyyy ¡cómo te gusta el drinking, pájara! Y yo me reía.

FIN

10 enero 2022

ESAS IDEAS


Diseño de Milton Glaser. 1977

No recuerdo donde lo leí, hace ya, más de 30 años, pero se me quedó grabado por su sencillez, y quizás esta historia en mi memoria esté un tanto distorsionada, por el transcurso de los años, este logo fue dibujado (diseñado) con un lápiz de color rojo, que el diseñador Milton Glaser sacó de su bolsillo. 

Creo que, éste estaba sentado en una cafetería, y, en el reverso de un sobre, con este lápiz rojo, este señor dibujó una “I”, luego la silueta de un corazón y a continuación dos letras, una “N” y una “Y”.  Así de sencillo.  Pues se le había encargado hacer un logo que regenerara la suerte de Nueva York. Este trocito de papel se encuentra en la colección permanente del “MOMA” de Nueva York. Son  millones que ha movido este logo, y el creador, no percibió absolutamente nada por él.

Cuántos diseños solemos hacer… cuántos he hecho para otros a cambio de nada o de alguna miseria. Es lo que tiene trabajar para otro… y no tienes la valentía, la iniciativa o los medios, para lanzarte a la piscina de cabeza y trabajar para ti mismo. Cuantas ideas que se te ocurren y con ilusión vas a tu jefe y éste te felicita, y en ese preciso momento, deja de ser tuya y es plasmada.

Cuantas ideas me han salido y me siguen saliendo... estando sentada en una cafetería o alguna terraza o en la cama intentando dormir.

Muchas veces (cuando trabajaba) me he tenido que levantar de la cama para ir a plasmarla. Era vital. O, se desvanecería… Aunque muchas de esas ideas plasmadas en un cuaderno o papel jamás llegaron a nada.

La simpleza de la idea que tuvo este señor para plasmar este logo, después de darle mil vueltas sin conseguir nada, de repente y sin esfuerzo le salió. Y es que, así salen las buenas ideas. Y se dice que, en la simpleza está la dificultad. 

Yo iba a ser ilustradora, iba a ser pintora, iba a ilustrar libro y cuentos. Me fascinaba pensar que ese, ese sí, ese iba a ser mi futuro, y ya con los pies en Bellas Artes, no sé qué pasó y dí un giro de 180º  y me fui por la rama del diseño y empecé a dar mis primeros pasos en la Escuela de Artes y Oficios y allí descubrí la publicidad, el dibujo publicitario… el Diseño Gráfico, el mensaje escrito, una mezcla entre las letras (mi faceta oculta y frustrada) y la ilustración, iba a ser diseñadora gráfica. Así que, de ahí a la Escuela de Arte y Superior de Diseño de Valencia.

Hubo una época en que me sabía casi todos los nombres de las tipografías, bueno, vale de acuerdo, lo dejamos en “muchas” pues hay miles… Me encanta el dar forma a las letras, jugar con ellas para dar un mensaje y conseguir que las mentes se fijen en lo que tu quieres y que lo deseen… Si consigues eso, has triunfado.

Media vida después y ya jubilada, Puedo decir que he tenido suerte en la vida, estudié lo que quise y trabajé de lo que estudié… en unos cuantos sitios, editoriales, estudios de diseño, imprentas (fábricas)... Y, aunque ya no me dedique a esto, el gusano está en mi interior y las ideas de vez en cuando me surgen allá donde esté, inclusive cuando iba a la consulta de Don Bueno Y qué.

Surgen de todo tipo, la mayoría ni caso hago, otras la memorizo porque no suelo llevar un lápiz de color rojo en el bolsillo como Milton Glaser aquel día de 1977.  Y otras solo  hacen que mi vida física sea un poco más fácil, consiguiendo hacer cosas que por la vía común no conseguiría.... 

22 febrero 2021

BUNBURY - Vector

 


BUNBURY - Vector


 

BUNBURY



UNA ANÉCDOTA

Aquella tarde me disponía a ir corte inglés a mirar un presupuesto y formas de pago para así comprarme así, por fin mi deseado Mac.

Recuerdo que, preparando el proyecto final de carrera, mi padre me dijo: - cuando acabes la carrera, el papa te comprará el ordenador portátil que tanto deseas..  A mí se me iluminó la cabeza como una bombilla de Navidad en forma de manzana. Ilusionada con la idea terminé.

Llegó el día de abrir mi gran regalo. Y cuál fue mi sorpresa al romper el papel de celofán que envolvía aquella caja de cartón que escondía en su interior el gran regalo de mi padre. Cuál fue mi sorpresa al leer la palabra de aquel logotipo flexografiado en aquella caja de cartón… TOSHIBA… Un toshibaaaa me había comprado un ordenador portátil Toshiba!... 

Mi padre al ver mi cara de sorpresa mezclada con desilusión me dijo: - Ya sé que no es la manzanita que tú querías, pero este te va ayudar a ser una buena diseñadora y con él te vas a dar a conocer y te va ayudar a encontrar un trabajo de tuyo. Y con ese trabajo vas a poder comprar el ordenador que tú quieres…

Ese es mi padre el que siempre me ha dado todos los caprichos paro a su forma, poniéndome metas a la vez que me  concedía un capricho.

Bueno así fue, ese Toshiba se vino conmigo, allá donde yo iba. Y encontré mi primer trabajo, pero no fue con ese primer trabajo, con ese primer sueldo con el que yo me compré mi deseado portátil. Ni tampoco con el segundo trabajo. Pues me fui de casa y supe que era necesitar un sueldo para poder comer y sostener pagos, piso, agua, luz etc y juegas.. Fue con mi tercer trabajo que yo me pude comprar mi queridísimo apple.

En aquella ocasión yo me enfadé con mi padre aunque me medio convenciera con sus palabras. Hoy me doy cuenta de lo inteligente que fue, no hizo otra cosa que educarme.

Ahora empieza una anécdota que me pasó la tarde que me arme ya de valor para gastarme una fortuna en un ordenador-capricho… Podría valer la excusa de que era ideal para diseño pues fue diseñado para esos fines, pero realmente eso es una chorrada.

Aquella tarde me disponía a irme tras mi sueño, cuando mi madre se apuntó para mirarse ella una olla stress de esas... 

Se empeñó en que cogeríamos el autobús de la EMT, porque decía si andabas menos, que si te dejaba en la puerta, que si patatín, que si patatán... y yo que noooo, que es mejor coger metro... y ella que noooo que el bus, que el bus y que el bus... pues nada a por el bus. Por no oírla más lo que fuera.

Subimos al autobús y nos sentamos al final en los dos asientos esos que van al revés... mi madre en la ventanilla y yo en la parte del pasillo... 

Llega a la plaza del ayto., da la vuelta para coger la callejuela va directo al corte inglés... Yo me giro para levantarme... pero me giro al revés para poderme coger también al cogedor (o como se diga) del respaldo del asiento, en el mismo momento que el conductor pega un frenazo, a mi me da tal espasmo que en vez de cogerme al respaldo del asiento... me enganché al pelo de una vieja que estaba detrás de mí, respaldo con respaldo, contemplando plácidamente el paisaje urbano que se contempla a través de los ventanales durante el trayecto.

-Aaaaaaaaaayyyyyyyyy! Gritó la vieja. Mi mano enganchada a ese estropajoso pelo teñido de rubio oxigenado. Eternas décimas de segundos mientras a mi cerebro procesaba toda la información del acontecimiento y le daba o no, la gana de abrir la puta mano chunga (ósea la izquierda). 

Décimas de segundos que se hacen eternos, donde todo a mi alrededor se paraliza y los sonidos se hacen sordos y lejanos y donde creo morir... en ese momento mi mano se abre por fin, y todo vuelve a su sitio, la vieja despotricando sin cesar, mi madre pidiendo disculpas y entre mis dedos un mechoncito de la vieja........ "uuuffffff menos mal que no es una peluca de rata", una voz que sale de mi cabeza... y otra voz que vuelve a salir de mi cabeza que me dice: hazte la tonta y escurre el bulto... y así lo hice... para algo tiene que servir estar paraliticalizada, no?

Bajamos. Y una vez en la calle me dice mi madre..... -ay Pilar! siempre me tienes que montar alguna!

-Ya he dicho de coger el metro. Le contesté con una mezcla de ironía y burla.

Al salir del corte inglés, dijo mi madre. -Mejor cogemos el metro, ¿no?.

-Si, mejor… Es más aburrido pero más seguro.


Pili

21 febrero 2021

MIEDO

 

Trepando... Trepando por la quebrada cumbre de esta desarrollada vida, trepa junto a mí el incierto e inseguro estado de intranquilidad. Trepa como algo terrible que se cierne en un avance lento, con cierta pastosidad, pero que conlleva esa adjetivación llamada “miedo”.

Miedo a, esa línea que genera en un desespero, y en una incertidumbre de no saber, de no poder, denover, adonde voy a ir, que es lo que me depara la puerta por donde voy a salir. ¿Cuál será mi destino?... Incertidumbre.

Tengo miedo a que ese momento llegue. Que esa luz tan transparente del goce y de la alegría que un día hubo y que hoy se aloja en los resquicios de una memoria infante, sea el pasmo de ese cambio de sentido, de caminos y distancias diferentes, adentrándome profundamente en una inseguridad intermitente e infinita.

Tengo miedo a que todo me dé igual, pues acostumbrada estoy a ese avatar, a ese cobijo constante, y que ya no exista la esperanza de un llegar alegre... y tengo miedo a que procurando eludir toda acción, todo pensamiento pasado y futuro, sea objeto de mi risa sarcástica que encierra en sí esa variante de apatía e impotencia de todo lo que me rodea. Perder todo mi interés por esas cosas insignificantes que nos rodean, que nadie observa por ser una contracorriente dentro de este mundo artificial y que a mi tanta felicidad y sosiego me dan. ¡BASTA YA!

En ese borde de la nada donde intento poner el pie está, está la línea ejecutora para no tener miedo, ese avanzar con finalidad determinada, alcanzar ese punto lleno de esa homogeneidad, conjuntado con los seres que nos rodean, y entonces... Y, ¿entonces?...


Pili Sánchez Banacloy

ZOE Y NALA (Lápiz)